EL
ENTIERRO MALANDRO.
(Réquiem para delincuentes difuntos)
1. Las
costumbres y ritos funerarios parecen
ser tan antiguos como la humanidad misma. De hecho, se afirma que el paso de la
animalidad a la humanidad está marcado por el inicio de las actividades
funerarias, evento que indicaría la
aparición en el ser humano de la noción de trascendencia.
2. En nuestro país, y desde hace
aproximadamente dos décadas, se hizo
visible una nueva forma de rendir tributo a los muertos, muy especialmente en los barrios que
circundan a la ciudad de Caracas; hoy en
día esa práctica está presente en todas las barriadas de Venezuela. Quizás no
pueda precisarse ni el sitio ni la fecha exacta de aparición de estas nuevas ceremonias, pero
lo cierto es que ya se ha convertido en un lugar común hablar de ellas
mencionándolas como “entierros malandros”. Estos entierros malandros se
caracterizan por una ruptura con la liturgia cristiana que distinguía los
entierros en las zonas populares y su substitución por formas agresivas,
violentas y ruidosas, donde se hace demostración de fuerza por parte de los
participantes a la vez que se pone de manifiesto la impunidad que hoy en día
campea en Venezuela.
3.
En relación con la palabra malandro,
ésta ha sido aceptada, naturalizada por el uso, y el DRAE en su última edición
la registra con el significado de delincuente, razón por la cual la palabra en sí tiene contenido peyorativo y
hasta estigmatizante. No obstante, la
palabra malandro se usa en nuestro país con entera liberalidad y hasta los
propios aludidos (es decir, los calificados como malandros) la aceptan como parte de su identidad. Vale aquí recordar, las afirmaciones de Edwin Lemert (1972) en el sentido de que el etiquetamiento
provoca que quien lo recibe organice la percepción de sí mismo asumiendo la
nueva definición que los demás dan de él. Para mayor abundamiento, recordemos
que en el Culto de María Lionza se acepta una así llamada Corte Malandra, que
estaría compuesta por el espíritu de aquellos delincuentes que en vida se
destacaron en la actividad hamponil y eran devotos de la Reina. Recientemente
han aparecido publicaciones donde los autores utilizan la palabra malandro casi
como una categoría social (Predazzini y
Sanchez, 2001; Moreno, 2009)
4.
Los rituales funerarios están concebidos como ceremonias comunitarias,
colectivas, realizadas para enfrentar la transición que se opera de la vida a
la muerte por el fallecimiento de uno de
sus miembros (Torres, Deli; 2009:107). El entierro de un malandro, en general,
encaja en esta definición de Torres, pues es una acción en la que intervienen
familiares, amigos y relacionados del muerto, pero de una forma que se aparta
radicalmente del entierro tradicional, como afirmamos antes (en 2). El
alcohol, las drogas, el fuego de las armas y la música popular, así como
algunos performances en los cuales
los participantes involucran al cadáver,
además del ruido de las motocicletas, la interrupción del tránsito en el
recorrido del cortejo hacia el cementerio, las paradas en el medio de
autopistas y calles para “rendir tributo “ al fallecido y, de paso, atracar a
los choferes atrapados en el tráfico,
caracterizan, en el plano de los hechos visibles a este entierro.
5.De
acuerdo con observaciones directas realizadas en ocasión de cuatro entierros
malandros (1) y luego de inquirir entre los asistentes, concluimos en que la
aparatosa ceremonia se realiza con la finalidad de asegurar el arribo del
fallecido a un “paraíso” malandro; esto es, un espacio trascendente donde el
alma del malandro se regocijará eternamente en medio de fiestas, mujeres y
alcohol, sin las presiones y urgencias
de la vida terrena. Esta concepción
recuerda, muy a la ligera, las huríes islámicas y el Walhalla de la mitología
nórdica. Casualmente, el malandro no es considerado por sus pares, amigos y
familiares como un delincuente, sino como un guerrero, como alguien que vivió
expuesto al riesgo, a la violencia, utilizando la violencia para acceder a la
posesión de bienes materiales que le fueron negados por una sociedad
intrínsecamente injusta. El trabajo auténtico y legítimo para el malandro lo
constituye la acción hamponil- el robo, el secuestro, el tráfico de
estupefacientes- , que le coloca en posición de acceder a una riqueza que, de por sí, es abundante, pero que está muy mal repartida y
acaparada por unos pocos explotadores que se dan la gran vida mientras él,
miembro del pueblo humilde, está condenado a vivir en tugurios, en los
socavones de la pobreza y la marginalidad, ejerciendo, eventualmente, algún
empleo bajo y servil o en la
informalidad. Así, cuando el malandro roba o asalta, según esta concepción, lo
que hace es “rescatar de las manos impuras del explotador algo que es restituido a las manos del pueblo”. Aquí
pareciera reflejarse la prédica obsesiva de la revancha contra los abusos
(supuestos o reales) cometidos por un
explotador fantasmal y recurrente, que,
remontándose en el pretérito, enlazaría nuestro tiempo hasta con el
régimen colonial.
6.
El malandro muere en su ley. O matando en un cruce de fuego, ya sea con la
policía o una banda rival, o víctima de un ajuste de cuentas, de la vendetta propiciada por el cable pela´o;
pero debe morir a bala, que es lo único honroso para un guerrero malandro (el malandro es el que tiene bolas / aunque
no tenga pistolas, dice la letra de un rap). Morir de otra forma quizás no
comportaría la realización de actos de reverencia ni homenajes. Su muerte de
auténtico guerrero, casi siempre a edad temprana, pues como dice el malandro al
referirse a sí mismo “no nacimos pa´ semilla”,
da lugar a una auténtica rebelión del barrio, a la liberación de fuerzas
y pulsiones que junto con el verdadero dolor, parecen siempre estar
engatilladas, agazapadas, replegadas en el
interior del barrio. La insatisfacción, el resentimiento y el desprecio contra las normas y el orden
simbólico (2) que preside la vida social
se expresan en la estridencia de la música que en forma ambivalente, turbia, celebran a la vez que
lamentan la ida del malandro. La danza tremendista, gimnástica y contorsionada del rapero constituye, en sí
misma, una trasgresión de la formalidad aceptada por la sociedad global en la
ocasión de un sepelio. Las ráfagas, el estruendo de las armas automáticas, se
erigen en un desafío a la sociedad, al Estado, a las fuerzas del orden que
contemplan impotentes unas descargas al aire que evocan los sepelios de los
fundamentalistas islámicos caídos en acción.
7.
Generalmente, la funeraria es rechazada. El muerto debe recoger sus pasos. Debe
llevarse en sus pupilas opacadas por la muerte una última visión de su gente,
de los lugares de sus andanzas, de su querencia. Debe marcharse confortado, no
tanto por el llanto estridente de sus deudos, sino por la algarabía dolida y
desmesurada de sus convives, de sus panas y compinches, de sus jevas y sus cuaimas,
de sus pures y sus cuchos; debe partir en la convicción de que deja tras de sí
a quienes siempre aprobaron su
conducta aparatosa. Debe redisfrutar
todo aquello que en vida le agradaba. El entierro del malandro legitima a
posteriori la irregularidad de su actuación en vida. Es una adhesión activa y militante que, de igual manera,
reafirma la convicción del barrio y religa al muerto con el pasado, con el
presente y el futuro de su comunidad. Todo en medio de la droga, del vallenato,
el rap y el tiroteo en el que
participan, accionando armas de diverso calibre y modelo, los hombres, mujeres
y niños, unidos en una lealtad sin
esguinces.
8.
Hay dolor en el barrio porque resulta doloroso enterrar a aquellos a quienes se
quiere o que están unidos a nosotros con los férreos lazos de la pertenencia.
En el duelo normal el doliente niega la
muerte del deudo, como primera reacción, siendo substituida ésta reacción por un estado psíquico de aflicción y, en
muchos casos, de búsqueda de culpables. En el barrio, cuanto la realidad se
impone, luego de la constatación de la muerte traumática y violenta de uno de
sus miembros, la descarga de violencia
parece sustituir a la depresión individual y a la autocompasión para desembocar
en la búsqueda de una embriaguez, de una catarsis que permita olvidar,
deslastrarse del peso muerto que se siente en los corazones por la muerte del
amigo o del pariente querido. El dolor es un estado enmascarado en la aparente
alegría y en la feroz ambivalencia:
deslastrarse del objeto amado y
conservarlo a la vez. Hay un rechazo del yo conciente al deseo- imposible de
cumplir- de conservar aquel objeto perdido. El barrio se siente empobrecido con
la muerte de su deudo: “ya las cosas no serán igual sin él”. La nostalgia
dolorosa oculta un sentimiento de culpa por no haber podido impedir, de alguna
manera, aunque fuese fantasiosa, el evento mortal; también, quizás, el remordimiento causado por la sensación obscura de que las relaciones con el difunto pudieron haber
sido más cálidas y hasta normales, ajenas a esa tirantez existente en todo
proceso conflictual donde se perfilan los liderazgos. De allí la rabia. De allí
la disposición de atropellar toda norma, en una acción de venganza fantasiosa
contra el enemigo inasible que es la muerte. La venganza real, dirigida a un
objeto más terrenal, vendrá después.
9. El
muerto es elevado a la categoría de persona ejemplar, digno de ser recordado en
la recreación del entorno y las
circunstancias violentas y disipadas en que vivió. Es una ratificación de que
su conducta modélica persistirá entre los suyos. A todo esto, el cadáver es
incorporado al evento colectivo; a veces el ataúd es colocado en medio de la
calle de su casa, para que allí esté en medio de la juerga ritual; otras veces
es extraído de la urna, sentado en una silla y, desde allí, presidirá el
evento, que por tal hecho afecta rasgos de performance
macabro; se le colocará en sus manos un vaso de licor o un cigarrillo entre sus
labios exangües. Otras veces, si el difunto disfrutaba del dominó, se le
sentará en uno de los puestos de la “cruz” de la mesa de dominó y participará
vicariamente, ayudado por alguien colocado detrás, en este juego de salón realizado al aire libre.
10.
La motocicleta es el caballo de guerra del malandro. Utilizada en actividades lícitas originalmente, ha devenido, además, en
instrumento eficaz en el narcotráfico, el sicariato y todo tipo de actividad
delictiva. Y ello por su versatilidad: velocidad, desplazamiento seguro,
comodidad, bajo consumo de combustibles y autonomía comprobados. En raudos enjambres escoltan el féretro, ya vaya este a pie o en la
carroza fúnebre. Llegado cierto momento, interrumpen el tráfico en la
autopista, rodean al féretro que ha sido sacado de la carroza y, a una señal,
ponen el motor de la motocicleta en neutro y aceleran al máximo para producir un estrépito
ensordecedor y una humareda azulada que cubre todo objeto en media cuadra a la
redonda. Entretanto, los choferes
atrapados en el embotellamiento son despojados de relojes, celulares y
dinero por un grupo de motorizados que no se unió al círculo de ruido y
humo. La motocicleta tiene un papel
crucial en el entierro malandro. Su constante ir y venir constituye un motto perpetuo, manifestación de vida
bullente que escolta a la muerte. La motocicleta integra un ejército, una guardia de corps que asegura la incolumidad del difunto y
sus deudos ante cualquier asechanza. De allí que cada motocicleta, además del
tripulante, carga uno más en la parrilla, con frecuencia portador de un arma
larga.
.
11. Las
influencias que inciden en este ritual son variables. Básicamente el enterramiento, como práctica cristiana
inmemorial, excluye, en el caso del entierro malandro, la participación de
oficiantes religiosos. Probablemente la madre y algunos miembros mayores de la
familia recen el rosario antes de entregar el cuerpo a la tribu maleva. La
descarga de armas automáticas nos trae la imagen, como ya se dijo, del sepelio
tumultuoso del terrorista o el combatiente islámico abatidos, influencia que
probablemente se haya infiltrado a través de la televisión en su cobertura de
los conflictos del Medio Oriente, asimilándose aquellas imágenes terribles al
hecho de la muerte de nuestros malandros, elevados así, analógicamente, a la
categoría de combatientes contra un establisment inconscientemente compartido.
12.
Es claro, además, el mensaje que se
envía al resto de la sociedad: en nuestro territorio imperan las normas y leyes
nuestras, creadas y vividas por nosotros; nuestro grupo no acepta las normas
ridículas que el resto practica. El rechazo a la legalidad y la normativa de la
sociedad global, la trasgresión de conductas y procedimientos largamente
sancionados por el uso y la ley, implican una ruptura en un punto nodal de la
cultura; implican la emergencia de una
vía alterna a la de la sociedad global que ya se había puesto de manifiesto en
la vida transgresora del malandro. Su entierro, la ritualidad
amenazadora y sórdida del mismo, no es más que la ratificación, por parte de
quienes le sobreviven, de un camino
contrario, sin arrepentimientos ni expiaciones,
al del resto de la sociedad.
13.
La aceptación de la muerte del malandro, ya sea por causa de un ajuste de
cuentas o un enfrentamiento, no es difícil, a la larga, entre quienes viven en el filo de la
ilegalidad y en la atmósfera de violencia del barrio, que muchas veces es zona
de guerra. Quienes ven la luz y aceptan la “vida malandra”, aceptando la
denominación estigmatizante y
convirtiéndola en señal de identidad están convencidos de que la brevedad es el
signo que afectará a sus vidas. No de otra forma puede vivirse en esos bolsones
de inseguridad e ingobernabilidad en que se han convertido nuestros barrios
populares, dominados por bandas y pandillas
que se reparten su intrincada geografía En Venezuela existen “bolsones
de ingobernabilidad” , ya sea porque no hay presencia activa y responsable del
Estado y el vacío es ocupado por el hampa (empoderamiento de los malandros) o
porque, habiendo presencia del Estado, ésta no es activa ni responsable, razón
por la cual –igualmente-, el poder es ejercido por los malandros. Al respecto
debe recordarse que el “vacío de poder” no existe; éste siempre será ocupado
por algo o por alguien (hablar en nuestros barrios de nobodies land es absolutamente erróneo.). Parece ser que la
necesidad de orden, cualquier orden, aun un orden regido por malandros, dentro
de una racionalidad malandra, siempre será preferible al desconcierto del caos.
Y mientras el instrumento de socialización e identificación en los barrios sea la banda o la pandilla, la
violencia en los barrios no podrá ser derrotada. Al decir banda se incluye a los
llamados “colectivos”, organizaciones del hampa parapolítica organizadas sobre
la base del resentimiento glorificado como lucha de clases.
14.
El entierro de los malandros aquí
descrito, como práctica social, sólo puede existir en un país profundamente
desorganizado, signado por la anomia. Anomia significa ausencia de normas, pero también significa incapacidad de estas
normas para imponerse eficazmente. Nuestra
anomia no es de reciente data, y podríamos remontarnos al Caracazo, por
ejemplo, para determinar un punto de arranque de nuestra anomia, de la ruptura
de nuestro orden simbólico. Eso es cierto, pero también es cierto que, a 24 años de aquel evento, los Gobiernos
subsecuentes no han realizado ningún esfuerzo para restituir el orden
fracturado. Antes por el contrario, los hechos indican que, especialmente en
los últimos tiempos, el régimen imperante
ha escogido un camino diametralmente opuesto a ese fin. No carecemos de
normas ni de leyes; antes por el contrario, la abundosidad de la legislación en
Venezuela es tal, que difícilmente se encuentre una actividad, un espacio
social sobre el cual no se haya
legislado en los últimos tiempos. Lo que ocurre es que, al margen de esa
frondosidad legal, existe una desinstitucionalización que ha sido dirigida
desde el poder con objeto de crear la anarquía y el caos y, así, crear las
condiciones para lo que desde el poder se conceptúa como “una nueva y
revolucionaria sociedad”. Vale la pena
anotar que, típicamente, el malandro no
es subversivo, no intenta copar el poder ni cambiar el status quo; en ese
sentido no implica un peligro para el régimen, que ha demostrado poder
coexistir amablemente con los bolsones de ilegalidad a que antes aludí. Hay
quienes afirman que, antes por el contrario, la existencia de una fracción de
la sociedad dominada por el malandraje es funcional al régimen por el terror
que impone. El entierro de los malandros, el auge
incontrolado de la criminalidad, la penetración a fondo del narco en el país, las
invasiones solapadamente permitidas por el Estado, las “expropiaciones” (más
bien despojo), son otras tantas rupturas con el orden legal y social, entre
otras, que contribuyen a la profundización de la anomia, la anarquía y el caos.
José
Lira Barboza
Maracaibo, marzo de 2012.
Notas.
1.- 17
de junio de 2005, Los Magallanes de Catia, Caracas; 13 de
Septiembre de 2006, Barrio El Silencio,
Maracaibo; 23 de mar-
zo de 2008, Cementerio Jardines de la Chinita , Maracaibo; 20
de agosto de 2009, Barrio El Despertar, oeste
de Maracaibo.
2.- El
Orden Simbólico, de acuerdo con Lacan, es lo que estructura el pensamiento. En
unos casos es el lenguaje mismo, en otros casos es la Ley -No la ley de un Estado,
sino el conjunto de costumbres, sentido
común y deberes sociales de una colectividad- que construye la matriz de
nuestra experiencia. La autoridad del Padre (sea Dios, el Estado, la sociedad
los padres,) es la fuerza que está tras ese Orden.
BBIBLIOGRAFIA
CITADA
1. Lemert, Edwin (1951). Social Pathology. N.Y. Mc Graw-Hill.
2. Moreno,
Alejandro.(2009). La violencia en los barrios de Petare, en Inseguridad y
Violencia en Venezuela, comp. Roberto B. León y Alberto Camardiel, 292-315.
Edit Alfa, Caracas.
3. Predrazzini,
I, y Magali Sánchez (2001). Malandros, Bandas y
Niños
de la Calle. Vadell
Hnos. , Caracas.
4. Torres,
D. (2009). El Ritual La Tumba
en el Estado Mérida,
Venezuela.
Semióticas del Rito. Colección de Semiótica Latinoamericana No. 6 , 105-121,
LUZ, Maracaibo.
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