domingo, 10 de julio de 2016

EL ENTIERRO MALANDRO.
                        (Réquiem para  delincuentes difuntos)


1. Las costumbres y ritos funerarios  parecen ser tan antiguos como la humanidad misma. De hecho, se afirma que el paso de la animalidad a la humanidad está marcado por el inicio de las actividades funerarias, evento  que indicaría la aparición en el ser humano de la noción de trascendencia.

 2. En nuestro país, y desde hace aproximadamente dos décadas, se  hizo visible una nueva forma de rendir tributo a los muertos,  muy especialmente en los barrios que circundan a la  ciudad de Caracas; hoy en día esa práctica está presente en todas las barriadas de Venezuela. Quizás no pueda precisarse ni el sitio ni la fecha exacta de   aparición de estas nuevas ceremonias, pero lo cierto es que ya se ha convertido en un lugar común hablar de ellas mencionándolas como “entierros malandros”. Estos entierros malandros se caracterizan por una ruptura con la liturgia cristiana que distinguía los entierros en las zonas populares y su substitución por formas agresivas, violentas y ruidosas, donde se hace demostración de fuerza por parte de los participantes a la vez que se pone de manifiesto la impunidad que hoy en día campea en Venezuela.

3. En relación con la palabra malandro, ésta ha sido aceptada, naturalizada por el uso, y el DRAE en su última edición la registra con el significado de delincuente,  razón por la cual  la palabra en sí tiene contenido peyorativo y hasta estigmatizante.  No obstante, la palabra malandro se usa en nuestro país con entera liberalidad y hasta los propios aludidos (es decir, los calificados como malandros) la aceptan  como parte de su identidad.  Vale aquí recordar,  las afirmaciones de Edwin Lemert (1972)  en el sentido de que el etiquetamiento provoca que quien lo recibe organice la percepción de sí mismo asumiendo la nueva definición que los demás dan de él. Para mayor abundamiento, recordemos que en el Culto de María Lionza se acepta una así llamada Corte Malandra, que estaría compuesta por el espíritu de aquellos delincuentes que en vida se destacaron en la actividad hamponil y eran devotos de la Reina. Recientemente han aparecido publicaciones donde los autores utilizan la palabra malandro casi como una categoría social (Predazzini y  Sanchez, 2001; Moreno, 2009)

4. Los rituales funerarios están concebidos como ceremonias comunitarias, colectivas, realizadas para enfrentar la transición que se opera de la vida a la  muerte por el fallecimiento de uno de sus miembros (Torres, Deli; 2009:107). El entierro de un malandro, en general, encaja en esta definición de Torres, pues es una acción en la que intervienen familiares, amigos y relacionados del muerto, pero de una forma que se aparta radicalmente del entierro tradicional, como afirmamos antes (en  2).  El alcohol, las drogas, el fuego de las armas y la música popular, así como algunos performances en los cuales los participantes involucran al cadáver,  además del ruido de las motocicletas, la interrupción del tránsito en el recorrido del cortejo hacia el cementerio, las paradas en el medio de autopistas y calles para “rendir tributo “ al fallecido y, de paso, atracar a los choferes atrapados en el tráfico,  caracterizan, en el plano de los hechos visibles a este entierro.
5.De acuerdo con observaciones directas realizadas en ocasión de cuatro entierros malandros (1) y luego de inquirir entre los asistentes, concluimos en que la aparatosa ceremonia se realiza con la finalidad de asegurar el arribo del fallecido a un “paraíso” malandro; esto es, un espacio trascendente donde el alma del malandro se regocijará eternamente en medio de fiestas, mujeres y alcohol, sin las presiones  y urgencias de la vida terrena.  Esta concepción recuerda, muy a la ligera, las huríes islámicas y el Walhalla de la mitología nórdica. Casualmente, el malandro no es considerado por sus pares, amigos y familiares como un delincuente, sino como un guerrero, como alguien que vivió expuesto al riesgo, a la violencia, utilizando la violencia para acceder a la posesión de bienes materiales que le fueron negados por una sociedad intrínsecamente injusta. El trabajo auténtico y legítimo para el malandro lo constituye la acción hamponil- el robo, el secuestro, el tráfico de estupefacientes- , que le coloca en posición de acceder a una  riqueza que, de por sí, es  abundante, pero que está muy mal repartida y acaparada por unos pocos explotadores que se dan la gran vida mientras él, miembro del pueblo humilde, está condenado a vivir en tugurios, en los socavones de la pobreza y la marginalidad, ejerciendo, eventualmente, algún empleo bajo y servil o en la informalidad. Así, cuando el malandro roba o asalta, según esta concepción, lo que hace es “rescatar de las manos impuras del explotador algo que  es restituido a las manos del pueblo”. Aquí pareciera reflejarse la prédica obsesiva de la revancha contra los abusos (supuestos o reales)  cometidos por un explotador fantasmal y recurrente, que,  remontándose en el pretérito, enlazaría nuestro tiempo hasta con el régimen colonial.

6. El malandro muere en su ley. O matando en un cruce de fuego, ya sea con la policía o una banda rival, o víctima de un ajuste de cuentas, de la vendetta propiciada por el cable pela´o; pero debe morir a bala, que es lo único honroso para un guerrero malandro (el malandro es el que tiene bolas / aunque no tenga pistolas, dice la letra de un rap). Morir de otra forma quizás no comportaría la realización de actos de reverencia ni homenajes. Su muerte de auténtico guerrero, casi siempre a edad temprana, pues como dice el malandro al referirse a sí mismo “no nacimos pa´ semilla”,  da lugar a una auténtica rebelión del barrio, a la liberación de fuerzas y pulsiones que junto con el verdadero dolor, parecen siempre estar engatilladas, agazapadas, replegadas en el  interior del barrio. La insatisfacción, el resentimiento  y el desprecio contra las normas y el orden simbólico (2) que preside la vida social  se expresan en la estridencia de la música que en forma  ambivalente, turbia, celebran a la vez que lamentan  la ida del malandro.  La danza tremendista, gimnástica  y contorsionada del rapero constituye, en sí misma, una trasgresión de la formalidad aceptada por la sociedad global en la ocasión de un sepelio. Las ráfagas, el estruendo de las armas automáticas, se erigen en un desafío a la sociedad, al Estado, a las fuerzas del orden que contemplan impotentes unas descargas al aire que evocan los sepelios de los fundamentalistas islámicos caídos en acción.

7. Generalmente, la funeraria es rechazada. El muerto debe recoger sus pasos. Debe llevarse en sus pupilas opacadas por la muerte una última visión de su gente, de los lugares de sus andanzas, de su querencia. Debe marcharse confortado, no tanto por el llanto estridente de sus deudos, sino por la algarabía dolida y desmesurada de sus convives, de sus panas y compinches, de sus jevas y sus cuaimas, de sus pures y sus cuchos; debe partir en la convicción de que deja tras de sí a quienes siempre aprobaron  su conducta  aparatosa. Debe redisfrutar todo aquello que en vida le agradaba. El entierro del malandro legitima  a posteriori  la irregularidad  de su actuación en vida. Es una adhesión  activa y militante que, de igual manera, reafirma la convicción del barrio y religa al muerto con el pasado, con el presente y el futuro de su comunidad. Todo en medio de la droga, del vallenato, el rap y el  tiroteo en el que participan, accionando armas de diverso calibre y modelo, los hombres, mujeres y niños, unidos en una lealtad  sin esguinces.
  
8. Hay dolor en el barrio porque resulta doloroso enterrar a aquellos a quienes se quiere o que están unidos a nosotros con los férreos lazos de la pertenencia. En el duelo normal  el doliente niega la muerte del deudo, como primera reacción, siendo substituida ésta reacción  por un estado psíquico de aflicción y, en muchos casos, de búsqueda de culpables. En el barrio, cuanto la realidad se impone, luego de la constatación de la muerte traumática y violenta de uno de sus miembros,    la descarga de violencia parece sustituir a la depresión individual y a la autocompasión para desembocar en la búsqueda de una embriaguez, de una catarsis que permita olvidar, deslastrarse del peso muerto que se siente en los corazones por la muerte del amigo o del pariente querido. El dolor es un estado enmascarado en la aparente alegría  y en la feroz ambivalencia: deslastrarse del objeto amado  y conservarlo a la vez. Hay un rechazo del yo conciente al deseo- imposible de cumplir- de conservar aquel objeto perdido. El barrio se siente empobrecido con la muerte de su deudo: “ya las cosas no serán igual sin él”. La nostalgia dolorosa oculta un sentimiento de culpa por no haber podido impedir, de alguna manera, aunque fuese fantasiosa, el evento mortal; también,  quizás, el remordimiento  causado por la sensación obscura de que  las relaciones con el difunto pudieron haber sido más cálidas y hasta normales, ajenas a esa tirantez existente en todo proceso conflictual donde se perfilan los liderazgos. De allí la rabia. De allí la disposición de atropellar toda norma, en una acción de venganza fantasiosa contra el enemigo inasible que es la muerte. La venganza real, dirigida a un objeto más terrenal, vendrá después. 

9. El muerto es elevado a la categoría de persona ejemplar, digno de ser recordado en la recreación del entorno  y las circunstancias violentas y disipadas en que vivió. Es una ratificación de que su conducta modélica persistirá entre los suyos. A todo esto, el cadáver es incorporado al evento colectivo; a veces el ataúd es colocado en medio de la calle de su casa, para que allí esté en medio de la juerga ritual; otras veces es extraído de la urna, sentado en una silla y, desde allí, presidirá el evento, que por tal hecho afecta rasgos de performance macabro; se le colocará en sus manos un vaso de licor o un cigarrillo entre sus labios exangües. Otras veces, si el difunto disfrutaba del dominó, se le sentará en uno de los puestos de la “cruz” de la mesa de dominó y participará vicariamente, ayudado por alguien colocado detrás, en este juego de salón  realizado al aire libre.


10. La motocicleta es el caballo de guerra del malandro.  Utilizada en actividades lícitas  originalmente, ha devenido, además, en instrumento eficaz en el narcotráfico, el sicariato y todo tipo de actividad delictiva. Y ello por su versatilidad: velocidad, desplazamiento seguro, comodidad, bajo consumo de combustibles y autonomía comprobados.  En raudos enjambres escoltan  el féretro, ya vaya este a pie o en la carroza fúnebre. Llegado cierto momento, interrumpen el tráfico en la autopista, rodean al féretro que ha sido sacado de la carroza y, a una señal, ponen el motor de la motocicleta en neutro y aceleran al  máximo para producir un estrépito ensordecedor y una humareda azulada que cubre todo objeto en media cuadra a la redonda. Entretanto, los choferes  atrapados en el embotellamiento son despojados de relojes, celulares y dinero por un grupo de motorizados que no se unió al círculo de ruido y humo.  La motocicleta tiene un papel crucial en el entierro malandro. Su constante ir y venir constituye un motto perpetuo, manifestación de vida bullente que escolta a la muerte. La motocicleta integra un ejército, una guardia de corps  que asegura la incolumidad del difunto y sus deudos ante cualquier asechanza. De allí que cada motocicleta, además del tripulante, carga uno más en la parrilla, con frecuencia portador de un arma larga.
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11. Las influencias que inciden en este ritual son variables. Básicamente  el enterramiento, como práctica cristiana inmemorial, excluye, en el caso del entierro malandro, la participación de oficiantes religiosos. Probablemente la madre y algunos miembros mayores de la familia recen el rosario antes de entregar el cuerpo a la tribu maleva. La descarga de armas automáticas nos trae la imagen, como ya se dijo, del sepelio tumultuoso del terrorista o el combatiente islámico abatidos, influencia que probablemente se haya infiltrado a través de la televisión en su cobertura de los conflictos del Medio Oriente, asimilándose aquellas imágenes terribles al hecho de la muerte de nuestros malandros, elevados así, analógicamente, a la categoría de combatientes contra un establisment  inconscientemente compartido.

12. Es claro, además,  el mensaje que se envía al resto de la sociedad: en nuestro territorio imperan las normas y leyes nuestras, creadas y vividas por nosotros; nuestro grupo no acepta las normas ridículas que el resto practica. El rechazo a la legalidad y la normativa de la sociedad global, la trasgresión de conductas y procedimientos largamente sancionados por el uso y la ley, implican una ruptura en un punto nodal de la cultura; implican  la emergencia de una vía alterna a la de la sociedad global que ya se había puesto de manifiesto en la  vida transgresora  del malandro. Su entierro, la ritualidad amenazadora y sórdida del mismo, no es más que la ratificación, por parte de quienes le sobreviven,  de un camino contrario, sin arrepentimientos ni expiaciones,  al del resto de la sociedad.

13. La aceptación de la muerte del malandro, ya sea por causa de un ajuste de cuentas o un enfrentamiento, no es difícil, a la larga,  entre quienes viven en el filo de la ilegalidad y en la atmósfera de violencia del barrio, que muchas veces es zona de guerra. Quienes ven la luz y aceptan la “vida malandra”, aceptando la denominación estigmatizante  y convirtiéndola en señal de identidad están convencidos de que la brevedad es el signo que afectará a sus vidas. No de otra forma puede vivirse en esos bolsones de inseguridad e ingobernabilidad en que se han convertido nuestros barrios populares, dominados por bandas y pandillas  que se reparten su intrincada geografía En Venezuela existen “bolsones de ingobernabilidad” , ya sea porque no hay presencia activa y responsable del Estado y el vacío es ocupado por el hampa (empoderamiento de los malandros) o porque, habiendo presencia del Estado, ésta no es activa ni responsable, razón por la cual –igualmente-, el poder es ejercido por los malandros. Al respecto debe recordarse que el “vacío de poder” no existe; éste siempre será ocupado por algo o por alguien (hablar en nuestros barrios de nobodies land es absolutamente erróneo.). Parece ser que la necesidad de orden, cualquier orden, aun un orden regido por malandros, dentro de una racionalidad malandra, siempre será preferible al desconcierto del caos. Y mientras el instrumento de socialización e identificación  en los barrios sea la banda o la pandilla, la violencia en los barrios no podrá ser derrotada. Al decir banda se incluye a los llamados “colectivos”, organizaciones del hampa parapolítica organizadas sobre la base del resentimiento glorificado como lucha de clases.

14. El entierro de los malandros  aquí descrito, como práctica social, sólo puede existir en un país profundamente desorganizado, signado por la anomia. Anomia significa ausencia de normas,  pero también significa incapacidad de estas normas para  imponerse eficazmente. Nuestra anomia no es de reciente data, y podríamos remontarnos al Caracazo, por ejemplo, para determinar un punto de arranque de nuestra anomia, de la ruptura de nuestro orden simbólico. Eso es cierto, pero también es cierto que,  a 24 años de aquel evento, los Gobiernos subsecuentes no han realizado ningún esfuerzo para restituir el orden fracturado. Antes por el contrario, los hechos indican que, especialmente en los últimos tiempos, el régimen imperante  ha escogido un camino diametralmente opuesto a ese fin. No carecemos de normas ni de leyes; antes por el contrario, la abundosidad de la legislación en Venezuela es tal, que difícilmente se encuentre una actividad, un espacio social  sobre el cual no se haya legislado en los últimos tiempos. Lo que ocurre es que, al margen de esa frondosidad legal, existe una desinstitucionalización que ha sido dirigida desde el poder con objeto de crear la anarquía y el caos y, así, crear las condiciones para lo que desde el poder se conceptúa como “una nueva y revolucionaria sociedad”.  Vale la pena anotar que, típicamente,  el malandro no es subversivo, no intenta copar el poder ni cambiar el status quo; en ese sentido no implica un peligro para el régimen, que ha demostrado poder coexistir amablemente con los bolsones de ilegalidad a que antes aludí. Hay quienes afirman que, antes por el contrario, la existencia de una fracción de la sociedad dominada por el malandraje es funcional al régimen por el terror que impone.  El entierro de los malandros, el auge incontrolado de la criminalidad, la penetración a fondo del narco en el país, las invasiones solapadamente permitidas por el Estado, las “expropiaciones” (más bien despojo), son otras tantas rupturas con el orden legal y social, entre otras, que contribuyen a la profundización de la anomia, la anarquía y el caos.


                                          José Lira Barboza
                                           Maracaibo, marzo de  2012.

Notas.
1.- 17 de junio de 2005, Los Magallanes de Catia, Caracas;  13 de
 Septiembre de 2006, Barrio El Silencio, Maracaibo;  23 de mar-
 zo de 2008, Cementerio Jardines de la Chinita, Maracaibo;  20
  de agosto de 2009, Barrio El Despertar, oeste de Maracaibo.

2.- El Orden Simbólico, de acuerdo con Lacan, es lo que estructura el pensamiento. En unos casos es el lenguaje mismo, en otros casos es la Ley -No la ley de un Estado, sino el conjunto de costumbres, sentido  común y deberes sociales de una colectividad- que construye la matriz de nuestra experiencia. La autoridad del Padre (sea Dios, el Estado, la sociedad los padres,) es la fuerza que está tras ese Orden.


                                  BBIBLIOGRAFIA CITADA
1.   Lemert, Edwin (1951). Social Pathology.  N.Y. Mc Graw-Hill.

2.   Moreno, Alejandro.(2009). La violencia en los barrios de Petare, en Inseguridad y Violencia en Venezuela, comp. Roberto B. León y Alberto Camardiel, 292-315. Edit Alfa, Caracas.

3.   Predrazzini, I, y Magali Sánchez (2001). Malandros, Bandas y   
Niños de la Calle. Vadell Hnos. , Caracas.

4.   Torres, D. (2009). El Ritual La Tumba en el Estado Mérida,
Venezuela. Semióticas del Rito. Colección de Semiótica Latinoamericana No. 6 , 105-121, LUZ, Maracaibo.


     

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